El NO regreso a la anormalidad

Normalidad: condición de normal.
Normal: dicho de una cosa que se halla en su estado natural.
Norma: regla que se debe seguir.
Regla: aquello que ha de cumplirse por estar convenido en una colectividad.

Sobradamente conocidas son las múltiples aristas negativas de las tremendas consecuencias de la actual situación. No se habla de otra cosa: tanto a nivel social, político, económico y sanitario. Cuesta mucho no pensar en aspectos casi catastróficos sobre todo a corto plazo cuando tratamos de hacer una planificación realista. Y es cierto que la incertidumbre, el miedo, y la proximidad física al caos (quedarnos todos encerrados en casa por imperativo legal durante 98 días) nos sume en una especie de depresión social globalizada de la que ningún Prozac® parece poder sacarnos.

Algunos de los agentes que participan activa y decisivamente en el encuadre de la presente situación, a mi modo de ver, parece que no atienden a ninguna razón. Hemos sufrido todo este tiempo de reclusión obligatoria inmersos en la angustia y la desesperación. Obligados a permanecer pegados a las centelleantes pantallas de nuestros dispositivos, hemos sufrido la desinformación de la forma más cruel. Nada es lo que parece, y lo que es, no parece realidad. La luz deslumbra, y la tiniebla reconforta. Los informativos solo vomitan cifras; coloridas gráficas de muertos y moribundos, y peleas sobre grados, modos y mapas de desescalada. Eso, mientras las cifras eran ascendentes, en cuanto han comenzado a descender, las coloridas gráficas han dado paso a disputas sobre la fecha de reinicio de La Liga Profesional de fútbol. La emocionante carrera internacional por el puesto de honor en el número de afectados se ha visto truncada, una vez más, por la imbatible superioridad de los americanos. No, definitivamente los medios, en su trascendente papel aglutinador de esperanzas comunes y correa de transmisión social de conocimiento ilustrado, no han estado a la altura de las circunstancias.

Pero hay muchos otros factores a tener en cuenta. Debemos reconocer, con notable orgullo, la insospechada capacidad de comportamiento cívico de nuestra sociedad. Jamás hubiéramos pensado que seriamos capaces de contener nuestro famoso carácter latino bajo las estrictas directrices de las autoridades. Y no solo eso, sino que nos hemos puesto a disposición, de cara al mañana, cual fieles ovejas del buen pastor, bajo las inciertas directrices de quienes nos gobiernan. Claro está, que no nos quedaba alternativa, dependemos todos en gran medida de los recursos que pongan a nuestra disposición una vez agotados, inevitablemente, los propios. Cabe reconocer pues, un más que sensible sentido de la responsabilidad por parte de la ciudadanía. Y la responsabilidad cívica es, quizás, el más importante de los sentidos de cara a afrontar el futuro.

Hablando de gobiernos y de instituciones públicas, a pesar de los muchos y notables errores cometidos; decisiones equivocadas o a destiempo, y los malestares en los no partidarios, denostados por cifras de tremendo decrecimiento y desempleo, debemos reconocerles cierto mérito. O al menos considerar positiva la firmeza con la que han desarrollado el plan de contención del que jamás sabremos si fue el adecuado, pero al que nunca renunciaron a pesar de los pesares. Y eso también es actuar en consecuencia y con responsabilidad. Y supieron confiar en la sociedad civil y ésta confió en sus gobernantes. Al menos durante el confinamiento, veremos después cómo pagamos todos estos platos rotos…

Más allá de los puestos políticos de cara visible, diana de nuestras iras y desaires, es importantísimo destacar otro aspecto crucial de las instituciones públicas. Quien de verdad las conforma, quien las dota de sentido: su cuerpo técnico. Esa masa informe de funcionarios, quien nos lo iba a decir, soldados en la primera línea de guerra que no han bajado un instante su fusil. En nombre de la solidaridad y en defensa de los conciudadanos, una vez más, con un altísimo y valiente sentido de la responsabilidad. Y no estoy hablando solo del personal sanitario, estoy hablando de los barrenderos,

de los profesores y de los cuerpos de seguridad. Hablemos también de aquellos que sin pertenecer a ninguna institución han honrado su trabajo para nuestro beneficio sin obtener recompensa alguna. Los agricultores, ganaderos y campesinos. Los transportistas y todos los que conforman la cadena alimentaria.

Queda de manifiesto y sírvanos de referente para las acciones y estrategias desde nuestros respectivos puestos. Algo muy positivo ha surgido en medio de este desolador campo baldío: las instituciones se han aliado con el cuerpo social. Han ejercido su verdadero sentido de responsabilidad. Y esto es nuevo, y esto es bueno. La sociedad sanitaria ha hecho valer el antiguo juramento Hipocrático. Ningún médico ha renunciado a su deber de socorrer a su paciente por todos los medios, incluso cuando no ha dispuesto de ellos, incluso con su vida. Y el ejemplo ha cundido en todos los eslabones de la cadena sanitaria, como si nunca antes hubiera existido. La sanidad pública y la sanidad privada se deben dejar contagiar por esta corriente hasta llegar a instituciones, civiles y estatales, que a su vez ya han asumido el nuevo orden de valores. La industria farmacéutica por fin puede explicar de manera comprensiva a toda la sociedad que su verdadero fin, su razón de ser, va mucho más allá de generar un beneficio económico. Su cometido debe consistir, si quiere mantener su decisiva influencia, en una clara e inequívoca apuesta por la sostenibilidad del desarrollo de la responsabilidad social cívica y compartida.

 

Ruth Pavón del Valle
Directora General de LEVIN Institutional Health Affairs

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